Las empresas de base tecnológica en los inicios de su andadura son de reducida dimensión (si las comparamos con otras organizaciones de sectores maduros), ocupan poco personal —altamente cualificado— , producen bienes y servicios de alto valor añadido y mantienen una estrecha vinculación con las universidades o centros de investigación donde se desarrollan líneas de trabajo similares o complementarias a las que dichas empresas requieren para su desarrollo y crecimiento(1). Son empresas muy flexibles, con elevada capacidad para introducir cambios en sus productos, procesos o diseños, con equipos altamente especializados y muy dinámicos. Son empresas con orientación exportadora y juegan un papel fundamental en la transferencia de tecnología al tejido productivo (valorización de la tecnología). Otros rasgos generales representativos son, entre otros, su rápido crecimiento, lo que conlleva una alta necesidad de capital y acceso a instrumentos financieros novedosos; una dirección estratégica enfocada fundamentalmente hacia la innovación y prestando una menor atención a aspectos comerciales y de distribución; son gestionadas por tecnólogos con reducida experiencia en la gestión empresarial de forma profesionalizada. Según su origen, podemos hacer una clasificación en spin-out y spin-off. El primero hace referencia a empresas creadas por trabajadores con experiencia profesional en empresas medias o grandes, que aprovechan dicha experiencia para desarrollar algún proyecto o idea, creando su propia empresa. En ocasiones, es la propia empresa la que segrega una división a la que trasfiere derechos de propiedad intelectual, tecnología, etc.
Las segundas son empresas creadas por grupos de investigación de centros públicos de investigación y de universidades. En los últimos tiempos, están incrementando su importancia en los sistemas nacionales de innovación, los spin-offs de universidades, así como las asociaciones y acuerdos de cooperación entre empresas y centros públicos de investigación.
(1) Camacho et al, 1999.